Lo
cierto es que el clima no era propicio para bañarse. Unos nubarrones
negros se aferraban a nuestro cielo como un percebe a la roca
resbaladiza de los acantilados atlánticos. En ese mismo instante un par de gotas en
avanzadilla avisaban del chaparrón que no tardaría en llegar. Pese a
todo, extendieron sus toallas muy pegadas la una a la otra, era solo una
excusa para estar juntos y el temporal que se avecinaba no impediría lo
inevitable.
El
rumor del mar era lento y regular, calmado, como el reposo que precede a
la batalla. Los pequeños barcos que flotaban en el horizonte se
balanceaban suavemente como llevados por las manos de una multitud de
sirenas que los dirigían hacía su destino, representado por una luz que
parpadeaba hacia el oeste que les traía el olor del hogar.
Entre
el bullicio se filtraban conversaciones que ellos jugaban a mezclar
para crear historias increíbles que después contarían a los demás como
ciertas, inventando un mundo irreal en el que cualquier cosa podía
suceder.
Cuando
ella se presentó voluntaria a musa de escritor fracasado no sabía muy
bien donde se metía. Con el orgullo propio del que se pretende un genio,
le contestó que odiaba escribir sobre algo real, que solo aquella que
nunca existiría podría llenar las hojas en blanco que jamás sería capaz
de crear, lo suyo era la inspiración etérea, lo intangible, la ilusión
de cosas imposibles, la quimera, la utopía…
Como Hipólito en “Les Deux Moulins”,
esperaría bebiendo y compadeciéndose de su desdicha hasta que un golpe
de suerte o un ángel que pasara por allí le lanzaran al estrellato. En este momento ella se planteaba si era mejor seguir su
juego y elevar su ilusión hasta el infinito o ponerle los pies en el
suelo y hacerle ver que jamás pasaría de escribir relatos absurdos que nadie leería. Ante la duda optó por lo que mejor sabía hacer. Una
de sus miradas bastó para decirlo todo, ya sabría él como interpretarla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario