lunes, 1 de octubre de 2012

Les Deux Moulins

Lo cierto es que el clima no era propicio para bañarse. Unos nubarrones negros se aferraban a nuestro cielo como un percebe a la roca resbaladiza de los acantilados atlánticos. En ese mismo instante un par de gotas en avanzadilla avisaban del chaparrón que no tardaría en llegar. Pese a todo, extendieron sus toallas muy pegadas la una a la otra, era solo una excusa para estar juntos y el temporal que se avecinaba no impediría lo inevitable.
El rumor del mar era lento y regular, calmado, como el reposo que precede a la batalla. Los pequeños barcos que flotaban en el horizonte se balanceaban suavemente como llevados por las manos de una multitud de sirenas que los dirigían hacía su destino, representado por una luz que parpadeaba hacia el oeste que les traía el olor del hogar.
Entre el bullicio se filtraban conversaciones que ellos jugaban a mezclar para crear historias increíbles que después contarían a los demás como ciertas, inventando un mundo irreal en el que cualquier cosa podía suceder.
Cuando ella se presentó voluntaria a musa de escritor fracasado no sabía muy bien donde se metía. Con el orgullo propio del que se pretende un genio, le contestó que odiaba escribir sobre algo real, que solo aquella que nunca existiría podría llenar las hojas en blanco que jamás sería capaz de crear, lo suyo era la inspiración etérea, lo intangible, la ilusión de cosas imposibles, la quimera, la utopía…
Como Hipólito en “Les Deux Moulins”, esperaría bebiendo y compadeciéndose de su desdicha hasta que un golpe de suerte o un ángel que pasara por allí le lanzaran al estrellato. En este momento ella se planteaba si era mejor seguir su juego y elevar su ilusión hasta el infinito o ponerle los pies en el suelo y hacerle ver que jamás pasaría de escribir relatos absurdos que nadie leería. Ante la duda optó por lo que mejor sabía hacer. Una de sus miradas bastó para decirlo todo, ya sabría él como interpretarla.

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