viernes, 9 de noviembre de 2012

The needle and the damage done

La chica sin cosquillas saltó por el acantilado y al llegar al fondo encontró un mar de sabor agridulce. Olvidó el lugar donde había guardado el pasaporte que la llevaba a los sitios fáciles y en un acto de autodesobediencia que no conocía precedentes, buscó en el fondo de los cajones que nunca abría para encontrar un suspiro con el que poder respirar.
Las paredes mudas y frías salieron de su letargo y gritaron al viento los nombres propios de los jugadores anónimos. Su apuesta era la derrota y, como en una interminable partida de ajedrez, se enfrentó el blanco contra el negro en una batalla sin cuartel en la que el miedo hizo su agosto.
Volvió al redil de los instintos tras ver el rostro de la duda frente a ella. Subía la marea con la claridad de la luna de agosto, todo era ya esperar la esperanza, temer acarrear consecuencias nefastas, huir hacia delante en el momento definitivo.
Apuestas son las decisivas, no las que son excusas para acercarse a pieles ajenas que buscan lo que no pueden tener. Lo demás es morder la manzana envenenada escondida con la forma de una tarta que nunca se podrá saborear. Sus componentes mágicos, secretos, antiguos y fieros serían como la miel en los labios del diabético.
Sus ojos pronunciaron las palabras prohibidas. Sus labios vieron el fondo de las cosas. Sus manos oyeron la curva de una ola. Sus oidos tocaron el alma de un instante. 

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