Las paredes mudas y frías salieron de su letargo y gritaron al viento los nombres propios de los jugadores anónimos. Su apuesta era la derrota y, como en una interminable partida de ajedrez, se enfrentó el blanco contra el negro en una batalla sin cuartel en la que el miedo hizo su agosto.
Volvió al redil de los instintos tras ver el rostro de la duda frente a ella. Subía la marea con la claridad de la luna de agosto, todo era ya esperar la esperanza, temer acarrear consecuencias nefastas, huir hacia delante en el momento definitivo.
Apuestas son las decisivas, no las que son excusas para acercarse a pieles ajenas que buscan lo que no pueden tener. Lo demás es morder la manzana envenenada escondida con la forma de una tarta que nunca se podrá saborear. Sus componentes mágicos, secretos, antiguos y fieros serían como la miel en los labios del diabético.
Sus ojos pronunciaron las palabras prohibidas. Sus labios vieron el fondo de las cosas. Sus manos oyeron la curva de una ola. Sus oidos tocaron el alma de un instante.
Volvió al redil de los instintos tras ver el rostro de la duda frente a ella. Subía la marea con la claridad de la luna de agosto, todo era ya esperar la esperanza, temer acarrear consecuencias nefastas, huir hacia delante en el momento definitivo.
Apuestas son las decisivas, no las que son excusas para acercarse a pieles ajenas que buscan lo que no pueden tener. Lo demás es morder la manzana envenenada escondida con la forma de una tarta que nunca se podrá saborear. Sus componentes mágicos, secretos, antiguos y fieros serían como la miel en los labios del diabético.
Sus ojos pronunciaron las palabras prohibidas. Sus labios vieron el fondo de las cosas. Sus manos oyeron la curva de una ola. Sus oidos tocaron el alma de un instante.
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