El horizonte comienza a bajar las luces. Los tonos anaranjados se enredan entre las nubes indecisas y el olor del viento fresco que llega del Este transporta a tiempos donde los niños juegan en calles de pueblos aun sin asfaltar.
No deben ser todavía las nueve y quizás no sea todavía septiembre. El hombre que nunca encontró su lugar sintió por un momento la inédita y desconcertante sensación de estar en casa y miró a su lado buscando una respuesta, olvidando que no había formulado ninguna pregunta. Encontró un silencio cómplice tras el que se escondía una media sonrisa y un recuerdo vago pero familiar de una pequeña plaza y un banco de piedra que habían significado mucho para él, pero fue suficiente para entenderlo todo. Ahora se encontraba en el lugar correcto, donde siempre había soñado y con todo a su favor.
Terminó sin prisas el camino que restaba hasta su casa, abrió despacio la puerta y se dirigió a su habitación. Tenía que preparar la maleta y escapar de allí.
No deben ser todavía las nueve y quizás no sea todavía septiembre. El hombre que nunca encontró su lugar sintió por un momento la inédita y desconcertante sensación de estar en casa y miró a su lado buscando una respuesta, olvidando que no había formulado ninguna pregunta. Encontró un silencio cómplice tras el que se escondía una media sonrisa y un recuerdo vago pero familiar de una pequeña plaza y un banco de piedra que habían significado mucho para él, pero fue suficiente para entenderlo todo. Ahora se encontraba en el lugar correcto, donde siempre había soñado y con todo a su favor.
Terminó sin prisas el camino que restaba hasta su casa, abrió despacio la puerta y se dirigió a su habitación. Tenía que preparar la maleta y escapar de allí.
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