Hay una misteriosa paradoja en los regresos.
Ataca, por un lado, una infinita sensación de perdida por lo que se deja atrás: el lugar que no volveremos a pisar, el recuerdo de un viaje que se acaba y todas las vivencias que, a partir de ahora, sólo podrán recuperarse a través de la memoria y de las imágenes capturadas en millones de pixeles a los que nos aferraremos cuando no quede ya nada más a lo que recurrir.
Sin embargo, por otro lado, te envuelve la agradable sensación de la vuelta al hogar: el olor de tu café recién hecho y esas tostadas que nadie prepara como tú. La dureza exacta de tu colchón y la altura perfecta de una almohada que parece fabricada exclusivamente para ti. En definitiva, todos esos pequeños detalles a los que nos acostumbramos y sin los que nos es tan difícil vivir.
Puede que sea cierto y esto dure muy poco y se convierta en pura rutina de la que estemos deseando escapar (como suele suceder), pero esos momentos sutiles y reconfortantes (para mí, justo cuando bajas del avión y cuando abres la puerta y notas el olor característico e inimitable de cada casa) proporcionan una paz difícilmente comparable que se mezcla con las ansías de volver al sitio del que acabas de regresar.
Tal vez sea esa una de las cosas que nos define: la necesidad de tener lo que acabamos de abandonar y a la vez todo lo contrario.
Ataca, por un lado, una infinita sensación de perdida por lo que se deja atrás: el lugar que no volveremos a pisar, el recuerdo de un viaje que se acaba y todas las vivencias que, a partir de ahora, sólo podrán recuperarse a través de la memoria y de las imágenes capturadas en millones de pixeles a los que nos aferraremos cuando no quede ya nada más a lo que recurrir.
Sin embargo, por otro lado, te envuelve la agradable sensación de la vuelta al hogar: el olor de tu café recién hecho y esas tostadas que nadie prepara como tú. La dureza exacta de tu colchón y la altura perfecta de una almohada que parece fabricada exclusivamente para ti. En definitiva, todos esos pequeños detalles a los que nos acostumbramos y sin los que nos es tan difícil vivir.
Puede que sea cierto y esto dure muy poco y se convierta en pura rutina de la que estemos deseando escapar (como suele suceder), pero esos momentos sutiles y reconfortantes (para mí, justo cuando bajas del avión y cuando abres la puerta y notas el olor característico e inimitable de cada casa) proporcionan una paz difícilmente comparable que se mezcla con las ansías de volver al sitio del que acabas de regresar.
Tal vez sea esa una de las cosas que nos define: la necesidad de tener lo que acabamos de abandonar y a la vez todo lo contrario.
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