Dormir en otro vagón de tren. Llegar a otra ciudad extraña y sentir la más absoluta indiferencia, el desarraigo total de la humanidad que me rodea. Ver como cambia el paisaje pero permanece la decadencia, cómo todo se queda en la superficie.
Como el rocío de la mañana, que nunca penetra en la hoja, me rodeo de seres impermeables [diría que inertes]. Todos ellos son los demás, los que duermen al calor de las mentiras y solo hablan cuando no pecan.
Odio el vacío de sus miradas. Odio sus sonrisas estúpidas que no expresan nada y su silencio cómplice y acomodado. Y reclamo como legítimo mi derecho al pataleo, a gritarte un no a la cara y poder así dormir con la conciencia tranquila.
Despertar en otra habitación de hotel y no reconocer la luz que asoma por la ventana. Rodearme de piedras que hablan en un lenguaje que no consigo entender, antiguo y enigmático puzzle de signos olvidados. Pero también encontrar breves e insólitas conexiones semejantes a cambios de piel que inducen pequeñas esperanzas, finísimos rayos luminosos que dejan ver las motas de polvo que sobrevuelan en la oscuridad.
Olvido las lecciones que obligado aprendí de memoria y reinvento mis mapas y la escala que los define. Y procuro no volver al punto del que partí.
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