Aprovechó la intimidad que les proporcionaba la luz parpadeante de la farola que les alumbraba en contrapicado para relatar la historia del hombre que un día perdió la cabeza mientras buscaba algo que nunca recuperaría. Las cascaras de pipas tapizaban el suelo alrededor de los bancos desconchados de la plazuela, proporcionando a éste una especie de disfraz rugoso que te incitaba a cerrar los ojos y pasar la mano para disfrutar de su textura volátil. Unos turistas curiosos paseaban agarrados de la mano con la mirada inocente y limpia del que ve la ciudad desconocida y se marcha de ella antes de conocer sus sombras. Pronto se hizo el silencio y habló el calor. Juegos de manos y algún ruido lejano. Y puede que luego viniera todo lo demás. Puede también que aun quedara algo del verano pero era ya inminente la llegada del otoño que siempre vuelve para recordarnos la fugacidad de la juventud. Como las hojas temerosas cuando empiezan a caer, las palabras buscaban recovecos en los que esconderse. Zigzagueaban pudorosas para no precipitarse, mutaban en mil sinónimos antes de pronunciarse y jugaban al despiste para no doler. Pero el viento jugó su baza y supo cuando soplar. Y fue en el momento justo en el que la verdad iba a salir. Voló con ligereza arropada hacia el lugar lejano y misterioso donde lo oportuno va a parar. Y allí se quedó para siempre, junto a un sauce llorón que creció en Babilonia en la Edad Oscura, al cobijo calmo de las hojas que también caerán. Bucle de palabras y vida del que nunca escaparán.
De ese bucle yo tampoco querría escapar.
ResponderEliminarMe encanta el texto.