viernes, 15 de marzo de 2013

Velociraptor

Susurraba la voz sigilosa de la mujer que se pensaba niña y resonaba como un cuchillo que apuñala un pecho sin corazón, vacio y desgastado a fuerza de vivir encogido.
Quizás llevaba razón y habían sido demasiadas tardes de invierno, pero aún rondaba en la memoria el acecho de la bestia prehistórica que amenazaba con arrancar una sonrisa del lugar donde ya solo quedaba tristeza. Y eso no se olvida así a la primera. 
La burbuja que crecía como un muro defensivo contra la mediocridad nos aisló de lo que nunca seriamos: Seres inertes que observan desde la distancia cómo pasa la vida, mientras se creen el centro de la creación tras un vaso medio lleno. Y allí, en medio de ningún sitio, donde nada ni nadie significa nada, se redescubrió el misterio, lo irrenunciable, la modificación del paisaje y se callaron pensamientos a falta de neologismos que definieran lo inexplicable.
Quedaron pendientes juegos al no encontrar trileros comprometidos ni expertos en el arte de la calma, aun así mereció la pena cada momento que vino y mereció la pena cada pensamiento de cada momento que pudo venir.
Más vale tristeza en mano que odio volando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario