viernes, 18 de abril de 2014

Saber perder

Siempre he tenido en frente hombres como tú, toda la vida. Siempre os he perseguido, sin saber si os odiaba o envidiaba, siempre perdiendo la partida o llegando tarde a lo que vosotros conseguíais sin ningún esfuerzo. Me acostumbré a no tener y me acostumbré a no ser. Hice lo posible para no pertenecer a vuestro lugar y así evitar todo lo que vosotros significáis. Hice lo imposible para ponerme a vuestro lado pero siempre en paralelo. Muchas veces. Así que no pienses que eres el primero al que odio y envidio a la vez, no eres tan especial. Y no te preocupes, se que no te importan mis palabras, es más, nunca las leerás. No escribo para ti ni para nadie, siempre lo hago solo para mí. Sólo alimento la ficción de un personaje sombra que tan solo vive sobre el blanco. Lo demás son palabras calladas que nunca saldrán de una boca real. Y no te tengo miedo. Es la apatía del que no puede combatir contra némesis que habitaron planetas lejanos y que ven el mundo desde el pedestal que le otorgan sus superpoderes. Cuando yo llegue tú ya te habrás ido hace mucho, estarás cansado de conseguir y buscaras nuevos horizontes que yo nunca podría soñar. Porque confieso que autocensuro mis sueños como escudo ante la incapacidad y la lentitud intrinseca de la que presumo. Y es tarde ya para cambiar. 
Son las cinco y veinte de un día cualquiera más, pero he visto cosas que nadie debería ver. Hoy entendí como huele la distancia, como apuñala una mirada, como sabe el amor en las papilas de otro.
Y ese otro eras tú. El de antes, el de ahora y el de siempre. Porque cambian las caras pero permanece el aliento infatigable de los hombres que saben como llegar. Y yo siempre llego detras.

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