miércoles, 16 de julio de 2014

Naoko


Resulta casi inapreciable el ruido que haces al andar, la levedad de tu pelo recién cepillado al moverse con el viento. Allí sigues, esperando paciente, sentada al lado del hombre que juega a las cartas sin parar. Bebes despacio una copa de vino blanco ligeramente espumoso que recuerda a frutas recién cortadas. Solamente sonríes. Y casi nunca hablas. Te gusta escuchar y escrutar cada palabra y movimiento para después poder construir con la persona que tienes en frente tu monstruo de Frankestein particular. Siempre sueles acertar y encontrar como poner palabras certeras a sensaciones o pensamientos que son ambigüedad y que nacieron para no ser nombradas jamás.
Es duro vivir tan al norte de ti. Y no saber si duele más tu presencia o tu recuerdo. Allí, en los campos siempre verdes de tu jardín, todo parece estar bien. Los que están fuera sienten la dureza del clima a sus espaldas y siempre echan de menos el calor de esos pequeños rayos de sol que proyectas al andar. [Recuerda que un día alguien los llegó a ver y nos asustamos de su poder].
Había también una foto en una playa. La recuerdo nítidamente. Cómo cambió el paisaje que terminaría de mutar con unas notas acústicas mal hilvanadas. Como pequeños fragmentos insertados quirúrgicamente en un cerebro biónico [perdonad, acabo de revisionar Robocop y siempre me inquieta la duda de hasta donde llegarán los límites entre la mente y el metal]. Era apenas una silueta sin rostro, con la linea del mar al fondo, desdibujada, casi fusionada con el horizonte, pero suficiente para reiniciar un cerebro enfermo de spam y pixeles muertos. Un lienzo en blanco en el que dibujar un mapa de conexiones aleatorias que redefiniría los límites y sus consecuencias.



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