jueves, 28 de agosto de 2014

Standby


Ahogaba el sol húmedo que había dejado sus vestigios adheridos a la madrugada más profunda. Rompió la monótona cadencia de un rumor continuo de agua el rugir violento de dos gatos que reñían al otro lado de la reja oxidada. En sus gritos podía imaginarse el regreso a sus salvajes ancestros primigenios, como un fugaz salto antievolutivo que sacaba a la luz toda la rabia acumulada por cada intento de domesticación. Un hombre intenta conciliar el sueño en un balcón y llora por cada gota de sudor perdida. Desvelado, intento descifrar la geometría de las sombras que circunscriben a los objetos que mi ojo fotografía en panorámica. Cuadricular la realidad que percibo y delimitar sus ecuaciones. Observar lo neutro, lo que no llega a ser ni bello ni feo, invisible a los ojos [copio la idea]. Poner nombre a cada matiz del gris hasta encontrar uno que pueda estampar en la camiseta que llevaré el día de tu boda. Oigo a alguien reír a carcajadas. Demasiadas rupturas para un silencio tan precioso como inaccesible. Definitivamente, la vida es para los jóvenes que no saben lo que ha de venir. Para los demás, intentos de repetir lo que vimos en la tele [paradigmas diseñados en mesas de reunión], gritos de socorro sin respuesta y toda una vida para contar estrellas. Ya solo queda la piel como barrera, ya no son escudo tus palabras. El hombre que bosteza lo sabe y susurra dos metros cuadrados no son nada. Alguien enciende un cigarrillo en la esquina sudoeste y una suave brisa pegajosa eleva el olor hasta la ventana. En la acera de enfrente, unos tenebrosos caballitos de feria esperan pacientes los llantos que les alimentan. Mientras, todos los demás descansan.

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