Ahogaba
el sol húmedo que había dejado sus vestigios adheridos a la madrugada más
profunda. Rompió la monótona cadencia de un rumor continuo de agua el rugir
violento de dos gatos que reñían al otro lado de la reja oxidada. En sus gritos
podía imaginarse el regreso a sus salvajes ancestros primigenios, como un fugaz
salto antievolutivo que sacaba a la luz toda la rabia acumulada por cada
intento de domesticación. Un hombre intenta conciliar el sueño en un balcón y
llora por cada gota de sudor perdida. Desvelado, intento descifrar la geometría
de las sombras que circunscriben a los objetos que mi ojo fotografía en
panorámica. Cuadricular la realidad que percibo y delimitar sus ecuaciones.
Observar lo neutro, lo que no llega a ser ni bello ni feo, invisible a los ojos
[copio la idea]. Poner nombre a cada matiz del gris hasta encontrar uno que
pueda estampar en la camiseta que llevaré el día de tu boda. Oigo a alguien
reír a carcajadas. Demasiadas rupturas para un silencio tan precioso como
inaccesible. Definitivamente, la vida es para los jóvenes que no saben lo que
ha de venir. Para los demás, intentos de repetir lo que vimos en la tele [paradigmas
diseñados en mesas de reunión], gritos de socorro sin respuesta y toda una vida
para contar estrellas. Ya solo queda la piel como barrera, ya no son escudo tus
palabras. El hombre que bosteza lo sabe y susurra dos metros cuadrados no son nada. Alguien enciende un cigarrillo en
la esquina sudoeste y una suave brisa pegajosa eleva el olor hasta la ventana.
En la acera de enfrente, unos tenebrosos caballitos de feria esperan pacientes
los llantos que les alimentan. Mientras, todos los demás descansan.
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